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miércoles, 15 de mayo de 2013

Capítulo setenta y siete.





Teniendo en cuenta todas las cosas, Carroll Janes estaba complacido con aquel frenesí. Sólo dos castigos, y fíjate cómo habían llegado a convertirse en el tema de portada. Por supuesto, tendría que retirar su insultante opinión acerca del Departamento de Policía de Orlando; no eran tan idiotas como había temido. Aunque el segundo castigo había sido más bien obvio, no muchos departamentos habrían establecido la relación entre ambos, ya que, al fin y al cabo, a la segunda víctima le había dejado los dedos intactos. Le irritó que la zorra de Vinick lo arañase, y se vio obligado a tomarse la molestia adicional de cortarle los dedos y deshacerse de ellos, pero al menos eran dedos pequeños y fáciles de hacer desaparecer. Los perros no tuvieron el menor problema, y los huesos, si es que había quedado alguno, no serían identificables.
No había forma de que la policía pudiera pescarlo, pero por lo menos sabían que existía; eso añadía un estímulo más al proceso. Era agradable que a uno lo apreciasen, era como la diferencia entre actuar en un teatro vacío y actuar delante de un público pasmado y en pie. Así disfrutó mucho más de los detalles, sabiendo que la policía estaría asombrada de su inteligencia, de su inventiva, de su absoluta perfección, aunque le maldijeran por ello. Cuán gratificante era saber que los oponentes de uno eran adecuadamente respetuosos con su talento.
Se había sentido frustrado en su intento de encontrar otro transgresor, con fines experimentales, pero Janes se consideraba un hombre paciente. Pasaría lo que tuviera que pasar. Precipitar las cosas sería hacer trampa; eso eliminaría el poder del momento. Estaba más contento desde que la noticia saltó a la prensa, ya que, por supuesto, siempre resultaba estimulante leer lo que habían escrito de uno, ser el tema de conversación en boca de todos.
Hasta Annette, en el trabajo, había hablado de pocas cosas más. Le había contado todas las complicadas precauciones que estaba tomando, como si aquello supusiera un reto para él, pobre tonta. Pero le divertía condolerse con ella, alimentar su miedo e incitarla a que tomase medidas de seguridad aún más ridículas. Ella se negaba incluso a ir andando sola hasta su coche, como si él alguna vez hubiera sacado a alguien de las calles. Qué pedestre era aquello - rió por su propio ingenio-, cuando el verdadero desafío consistía en tomar a las víctimas en su propia casa, donde más seguras se sentían.
El miércoles, Annette estaba comiendo cuando una morenaza alta y pechugona se acercó al mostrador con el rostro tenso por la ira.
-Quiero hablar con alguien acerca del servicio que presta esta tienda -le espetó.
Janes le respondió con su mejor sonrisa: -¿Puedo serle yo de ayuda, señora?
El quid del problema era que era su hora de comer y se había pasado quince minutos de pie en el departamento de confección tratando de que alguien le cambiara una blusa. Todavía no la había atendido nadie, y ya no tenía tiempo para comer. Janes reprimió un estremecimiento de placer mientras ella se desahogaba, con la furia haciéndose evidente en cada línea de su cuerpo.
-Llamaré al departamento de confección y me cercioraré de que la atiendan inmediatamente -dijo--. ¿Se llama usted...?
-Farley -repuso la mujer-. Joyce Farley.
Él le miró las manos. No llevaba anillo de casada.
-¿Tiene una cuenta con nosotros, señorita Farley?
-Es Farley a secas -replicó ella-. ¿Qué diferencia hay? ¿Acaso un cliente tiene que tener cuenta en esta tienda para que el personal se interese por él?
-En absoluto -repuso él cortésmente. Simplemente era más fácil obtener información vital si la mujer estaba incluida en la base de datos. Aquélla era una de esas feministas picajosas que odiaban a los hombres. Le entregó un impreso y le dijo-: Si no le importa, ¿quiere rellenar este formulario? Nos gusta seguir todas las reclamaciones y asegurarnos de que el cliente queda satisfecho.
-En realidad no tengo tiempo para esto. Ya voy a llegar tarde al trabajo.
-Entonces bastará con que escriba sólo su nombre y su dirección. Yo mismo completaré los detalles.
La mujer garabateó a toda prisa su nombre y su dirección en la parte superior del impreso mientras él telefoneaba al departamento de confección y hablaba con el jefe del mismo. Sonrió de nuevo al colgar el aparato.
-La señora Washburn la estará esperando personalmente para hacer el cambio.
-Esto no debería haber sido necesario.
-Estoy totalmente de acuerdo.
-Y recogió el impreso de la superficie del mostrador.
Ella se volvió para marcharse, dio un paso, y de pronto se detuvo bruscamente y se dio la vuelta.
-Lo siento -dijo-. Tengo un terrible dolor de cabeza y estoy enfadada, pero no debería haberla tomado con usted. No es culpa suya, y ha hecho todo lo que ha podido para ayudarme. Perdone que haya sido tan desagradable.
Janes se quedó tan sorprendido que transcurrió un momento antes de que pudiera decir:
-No se preocupe. Me alegro de haberle sido útil. Una respuesta convencional, de las que daban miles de veces al día miles de vendedores aburridos, porque les costaría el puesto de trabajo decir lo que de verdad querían decir. La señorita Farley le sonrió brevemente, insegura, y se fue.
Janes la contempló mientras se iba, notando cómo iba creciendo la furia en su interior. Arrugó con saña el impreso de reclamación y lo tiró a la papelera. ¡Cómo se había atrevido a disculparse! Aquella mujer lo había estropeado todo. No se trataba de eso; se trataba de castigar. Se sintió engañado, como si le hubieran puesto un premio maduro delante de las narices y luego se lo hubieran arrebatado. Ya había empezado a experimentar aquella corriente de vitalidad y el hambre de dar rienda suelta a su fuerza. ¡Y ahora no le quedaba nada! Debería matar a aquella zorra de todas maneras, para enseñarle que no podía hacer lo que le diese la gana y luego escapar de las consecuencias esgrimiendo una débil disculpa.
No. Las reglas eran las reglas. Tenía que obedecerlas; si no lo hacía, echaría todo a perder. Había determinados criterios que respetar las normas que cumplir. Si no era capaz de estar a la altura de dichas normas, entonces merecía que le atraparan. Por mucho que deseara dar una lección a aquella mujer, tendría que reservarse para la verdadera disciplina.

Continuará...  

3 comentarios:

  1. Aaaaaaaaapa ahora sabemos como es que elige a sus victimas el hdp, espeero mas, beso :)


    Arii

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Gracias por comentar!! :)

Mary